Me detuve

 Desde 2022 no me sentía en un agujero del cual era imposible escapar. Esa sensación de pérdida y fracaso constante llegó justo cuando la vida me quitó eso que quería que se quedara (no, no continuó, pero sí se prolongaron más la despedida y, con ello, la frustración de saber que no pasó nada).

Volviste justo cuando algo más estaba floreciendo y me quitaste esa paz que por días me había costado encontrar, pues, cuando decidiste volver, la cabeza me dio muchísimas vueltas al no saber qué hacer. Me costó mucho tomar una decisión, pero, finalmente, sabiendo que estaba a punto de lastimar a alguien más, tomé la que mi corazón dictaminaba en ese entonces.

Fue ahí cuando decidí apostar y, sin perder mi esencia, desde el minuto 1 dejé todo. Mi filosofía y mi naturaleza no me permitían entregarme a medias, y sí, lo entendí muy tarde. Lo siento.

Fue ahí, también, cuando aprendí que algunos silencios pesan más que cualquier explicación, y que las palabras que no dijimos terminan por hablar por nosotros. Me encontré barriendo los restos de lo que habíamos construido —promesas, rutinas, pequeñas costumbres— y comprendí que el amor no siempre equilibra la ecuación del tiempo y el lugar. A veces las ganas no alcanzan; a veces el deseo choca con un destino que no era el mismo para los dos.

No quiero que esto suene a reproche eterno: hubo belleza, risas que aún me visitan de vez en cuando, y gestos tuyos que guardo como quien guarda música en un cajón. Pero también hubo aperturas que dejé sin cerrar, preguntas sin respuesta y esperanzas que aprendieron a doler. Hoy intento no idealizar lo que fue; intento mirarlo con honestidad para que mi corazón deje de tropezar con los mismos objetos.

Me perdono por haber dado todo —porque entregarse así también es valentía— y te perdono por partir y por volver en el momento en que más débil creía ser. Me perdono y, con ello, recupero un poco de la paz que me robaste sin querer. No como un acto de olvido, sino como una recolección paciente de mí mismo, de mis pedazos que aún brillan cuando los acomodo con cuidado.

Camino ahora con menos prisa por llenar vacíos ajenos y más ganas de cultivar lo que me hace bien. Si algún día nuestros caminos se cruzan de nuevo, que sea para saludarnos sin urgencias, como dos viajeros que aprendieron a llevar su propio equipaje. Y si no, que quede la certeza de que intenté amar con todo lo que tenía —y que eso, a pesar del dolor, me hizo más entero.

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